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lunes, 3 de diciembre de 2007

RECONSTRUYENDO VIDAS

Más que mediaguas


RECONSTRUYENDO VIDAS


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Maria José Irribarren Turis

Apenas han trascurrido tres semanas del terremoto y Antofagasta sigue como si nada hubiese sucedido, pareciera que las huellas del 14 de noviembre fuera solo un mal recuerdo pero la verdad es que en Tocopilla, Maria Elena y Quillagua todavía se vive la devastación que de los 7,7 grados Richter de los 40 segundos que los azotaron.

Esto lo tiene muy claro Daniela Ortega, estudiante de matemáticas en la UCN, quien disfruta de los lujos cotidianos que nos da la normalidad, pero a pesar de ello, no olvida la catástrofe que vien Tocopilla cuando fue a construir media aguas a los damnificados con el grupo de la Pastoral y el Techo para Chile.

Daniela tiene 21 años y es oriunda de Santiago, pero hace tres que vive en Antofagasta desde que estudia matemáticas en la UCN, siempre ha tenido una vocación por el servicio social, así que apenas se enteró que la universidad enviaria un contigente de voluntarios para ayudar a Tocopilla tras el terremoto, no dudò en armar su mochila y partir a la zona de catástrofe para construir mediaguas.

Los voluntarios partieron el 16 de noviembre, fue un dìa caótico recuerda Daniela, “me levanté a las seis de la mañana con un nudo en el estómago de puro nervio y ansiedad de partir al voluntariado”, ahi les avisaron que irián a Quillagua, el epicentro del terremoto. "Lástima que solo estuvimos un par de horas en la localidad por que nos informaron que el contingente de voluntarios que había era suficiente para construir las siete mediaguas que el pueblo requería”, agrega Daniela.

“Teníamos que ir a Tocopilla donde se necesitaba mas ayuda, así que mientras esperábamos la partida, salimos a conocer Quillagua”, relata Daniela, a ello agregó que el calor era infernal, pero como es un pueblo pequeño, no fue preciso caminar mucho para llegar a la plaza, destaca que estaba todo desierto y desolado excepto por una casa de adobe verde, donde había una señora de edad sentada junto a la puerta de entrada y un caballero que sacaba escombros desde el interior. apenas vio eso se acercó a conversar con ella.

La anciana la recibió con una amplia sonrisa e imediatamente se presentó como Marta, de 80 años, nacida y criada en Quillagua, le relató que cuando fue el terremoto "estaba esperando la llamada de la hija en el teléfono público (el único del lugar) a las afueras del pueblo, menos mal que justo había un joven que estaba ahí que me afirmó para que no me cayera", a ello agregó con mirada triste "no quiero que esto vuelva a suceder nunca más”, el impacto de ver su mirada de desesperación y desamparo, es algo que las palabras no pueden expresar a cabalidad”, afirma la voluntaria con un tono triste.

Cuando el bus llegó a Tocopilla, "el paisaje que vimos por las ventanas fue devastador, sobre todo ver a todas esas personas durmiendo en carpas, las filas enormes para conseguir provisiones y las casas con mensajes como “94 años de esfuerzo en el suelo” o “arriba Tocopilla” u otros más osados que lanzaban dardos contra el gobierno central, solicitando ayuda urgente ,ahí todos se dieron cuenta de la real magnitud de terremoto", recuerda la estudiante.

La noche del viernes sólo fue para instalarse, luego los voluntarios fueron al estadio para una capacitación "Express" en construcción de mediaguas, entonces los encargados del Techo para Chile informaron que el sábado el grupo se dividirá en cuadrillas para erigir las mediaguas en la población La Patria, uno de los sectores más pobres de Tocopilla que sufrió los mayores daños en la infraestructura de los hogares, donde se construirían 15 mediaguas para comenzar

A pesar de que el terreno designado para construir en La Patria estaba en buenas condiciones, "edificar las mediaguas no era una tarea sencilla, porque ello significaba estar construyendo un hogar para los que habían perdido todo, entonces el trabajo tenía que ser de excelencia" dijo daniela ,por lo que se estuvo todo el día tirando paladas de arena, piedra y tierra para nivelar el suelo y darle una base firme a la casa, el trabajo fue arduo hasta que llegaron los soldados del Ejército de Chile. “los militares trabajaban como maquinitas humanas, organizados y metódicos, lo cual les permitió construir mas rápido que nosotros, de hecho sin la ayuda de los soldados no habríamos podido terminar de construir ese día”, afirma Daniela.

Todo el cansancio del trabajo físico y la exposición constante al sol de Tocopilla fue recompensado cuando finalizó la construcción de la casa y se la entregaron a la emocionada señora que no tenia palabras para expresar su agradecimiento por la ayuda realizada, recuerda Daniela con alegria, “con eso sentí que todo había valido la pena, después del arduo trabajo del día, recibir una sonrisa lo justifica todo", agregó.

La estudiante se alista para volver a su rutina diaria, la misma que tenia antes del terremoto, por ahora anhela acabar el año académico para regresar a Tocopilla y construir mas mediaguas, “no lo hago por un acto de altruismo, siento que lo que yo di en esos tres días de voluntariado fue retribuido con creces, por eso creo que es simplemente tratar de aportar en algo a Tocopilla, que necesita de muchas manos para volver a ponerse de pie y surgir de las cenizas como un ave Fénix, que renace para volar”, dice con un tono esperanzador Daniela, mientras se prepara para ir a la universidad.
UN NORTE QUE SE NIEGA A MORIR

A pesar de las adversidades; de vivir en el desierto más árido del mundo, en un país donde la desigualdad económica y la centralización de los recursos forman parte de la cotidianidad, y donde cada cierto tiempo la naturaleza sorprende con movimientos que destruyen el esfuerzo de años de trabajo, los habitantes de las ciudades del norte de chile no pierden las esperanzas y al igual que sus antepasados “los pampinos del Salitre” mantienen la lucha firme en busca de un futuro auspicioso y una mejor calidad de vida.

Por: Elizabeth Vaca Carmona


Tocopilla por años fue la ciudad con mayor actividad económica del norte de Chile, el auge del salitre y la llegada de capital extranjero, atrajo a miles de chilenos que llegaron desde distintas regiones para erradicarce en el lugar y en distintas oficinas cercanas. Hoy la realidad es muy distinta, ya que esta es una de las ciudades más pobres del país, y el terremoto que afectó en los últimos días al norte de Chile, dejó a miles de familias sin hogar, sin trabajo y bajo una angustiante incertidumbre económica

Son las 12:30 hrs. y Manuel Acuña (38) tocopillano de nacimiento y padre de 4 hijos, acaba de llegar de la junta de vecinos de la Población Padre Hurtado, donde consiguió una caja con víveres para su familia, después de haber esperado 4 horas en una fila. Los alimentos por estos días en Tocopilla son un bien muy preciado. Después del terremoto de 7,8 grados, la mayoría de las familias de la nortina ciudad, enfrentan una difícil situación, perdieron sus humildes hogares, los que quedaron inhabitables o totalmente destruidos, no cuentan con una fuente de trabajo estable y los que trabajan son mal remunerados, y como si fuera poco los elementos de necesidad básica como agua, productos de aseo y sobre todo los alimentos, escasean en la ciudad y en los pocos lugares donde se pueden encontrar los venden a precios que los hacen inaccesibles.

Han pasado 10 días después del terremoto, tiempo en el que la familia de Manuel ha dormido en una carpa, al frente de lo que fue su casa. Margarita Calderón (37), esposa de Manuel, ordena dentro de unas cajas, la ropa de sus hijos que hace un rato le trajeron unos voluntarios del Hogar de Cristo, lava algunas ollas para preparar el almuerzo, mientras Manuel intenta encender un improvisado brasero con algunos trozos de madera. Con mucha nostalgia, ve como la madera por fin se enciende, comenta que con mucho esfuerzo construyó su casa, “yo la hice con mis propias manos” confiesa. Durante mucho tiempo juntó los materiales para poder terminarla, entre ellos los palos (madera) que hoy le sirven como leña para poder cocinarle a su familia.

Manuel y Margarita son hijos de trabajadores del salitre, ambos nacieron en Tocopilla, ninguno de ellos terminó la enseñanza básica. Margarita se a dedicado a la crianza de sus hijos, de entre 16 y 4 años, mientras que Manuel a trabajado toda su vida en el mar, en sus inicios en Tocopilla, pero la sobreexplotación de los productos marinos en este lugar lo obligó desde hace algún tiempo a desempeñar su oficio fuera de la ciudad, en una de las caletas que se encuentra camino a Iquique. Cada día se levantaba a las 3:30hrs de la madrugada, caminaba media hora desde su casa hasta la carretera, y esperaba que algún conductor lo llevara o acercara a la caleta en donde trabajaba.

El terremoto no solo destruyó la casa de Manuel, también lo dejo sin trabajo ya que la ruta que une Tocopilla con Iquique resultó con daños estructurales, motivo por el cual fue cerrada como mínimo por tres meses. Así como los Acuña Calderón, son muchas las familias de Tocopilla que después del terremoto perdieron sus fuentes laborales, lo que no les permite optar a mayores aspiraciones económicas o mejorar su calidad de vida.

A pesar de los desafíos que enfrentan estos tocopillanos, pretenden seguir luchando con más fuerzas y esperanzas que nunca. Margarita ordena la mesa para sentarse a comer y llama sus hijos menores que juegan con otros niños, mientras Manuel aconseja a Samuel (su hijo mayor) el escucha con atención a su padre que le pide que no cometa los mismo errores que el en su vida, con una voz temblorosa y la emoción que se torna evidente, le pide que estudie mucho, que por ningún motivo se le ocurra dejar los estudios, que no se preocupe por la comida que de alguna manera el se las arreglara para conseguirla, que el es el hermano mayor y tiene que ser un profesional porque si algún día ellos ya no están, tendrá que sacar a sus hermanitos adelante, y luchar siempre por ser buenas personas y en lo posible tener una vida mejor.

EL FANTASMA DEL TERREMOTO QUE ENGAÑÓ A CHILE

Por Natalia Mascaró T.
Desde Tocopilla, enviada especial de Noticias y Crónicas



La entrada a la sede de un techo para chile Antofagasta luce colorida y en un ambiente de trabajo, en su mayoría son jóvenes los que se encuentran en el lugar y por muy diferentes que parezcan tienen un objetivo en común, ayudar a los damnificados de Tocopilla, Baquedano y Sierra Gorda.

Carolina Aguirre es una joven estudiante que participa activamente de un techo para chile, el fin de semana pasado fue a Tocopilla y el panorama le pareció desalentador, en el lugar se encontró no sólo con casas a punto de derrumbarse y muchas ya en el suelo, sino también con varias plagas que afectan principalmente a los campamentos del puerto. Entre estas plagas resaltan los piojos, pulgas y la sarna que hoy afecta a los más pequeños. Entre risas, da gracias de haber vuelto a su ciudad llena de picadas de pulga, hubiese sido peor volver con sarna.

La tarea de Carolina y su cuadrilla, conformada de 220 jóvenes consistió en construir 150 mediaguas, las que corresponden a pirquineros. Hasta el momento los avances no son los esperados y la mala calidad de vida es inminente en una ciudad que parece abatida por un ataque de guerra. En los frontis de las casas se observan marcas que anuncian derrumbes, el 70% de la población tendrá que botar sus casas. Pese al esfuerzo de los jóvenes voluntarios, soldados y bomberos, no se ha logrado una completa recepción de los ciudadanos

La falta de comida se hace presente y pese a las toneladas enviadas por el edil Daniel Adaro, el problema persiste, ya que sólo se entrega a las personas que están organizadas en juntas vecinales, por lo tanto los que no se han agrupado muchas veces quedan sin comer. El control de los vales es escaso, y muchos se quejan por las humillaciones que han pasado pidiendo un poco de agua. El ambiente se siente tenso, la gente esta reunida en cada esquina, aún reina un ambiente de desorganización masiva y el descontento crece por parte de los habitantes del viejo puerto.

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En la Unidad Vecinal nº4, Luis Cruz Martinez, existe incertidumbre, pero mucha unión entre los que la conforman, están buscando soluciones concretas a sus problemas y a los de toda la ciudad. En una de sus reuniones alegan por la centralización y argumentan que Santiago no es Chile, otros hablan de la falta de materiales para la construcción, luego comentan sobre el dinero que recibirán por parte del sindicato de trabajadores de Codelco. Todo parece muy organizado y hay mucha disconformidad entre las personas que asisten.
Patricia es una de las vecinas afectadas, hoy duerme en una carpa junto a sus vecinos, a pesar de que su casa superficialmente no parece afectada, afirma que al entrar a las viviendas se ve el daño real, en su mayoría se encuentran trizadas e inhabitables. “Es un terremoto mentiroso”, comenta la joven madre, ya que todo parece bien y los cimientos están por colapsar.

MUCHOS PERMANECEN EN EL ANONIMATO

En la plaza de la ciudad acampa un grupo de treinta bomberos pertenecientes al GORU de Linares, son especialistas en apuntalamientos y derrumbes de edificios colapsados. Viajaron el domingo pasado y dejaron su vida laboral por venir a socorrer a los tocopillanos que hoy necesitan viviendas. Carlos López, Director de la Tercera Compañía de Bomberos de Linares afirma que la solución no es una mediagua y que en un largo plazo se podrá levantar en la ciudad viviendas dignas, las mediaguas son provisorias y deben ser devueltas en dos años más.Al despedirse comenta que como el hay muchos voluntarios que permanecen en el anonimato.


La situación es increíble, “ver para creer”, un sismo que apenas causó daño en nuestra ciudad, se llevó todo en Tocopilla, manzanas completas en el suelo, personas durmiendo en viviendas que ya se vienen abajo. Sólo una cosa mantiene en pie a todos los hombres y mujeres voluntarios que están trabajando por el bienestar de una comunidad entera, las familias sobrecogidas los han tratado como reyes, la atención es grata y para todos ellos no hay nada mejor que terminar un fin de semana de ayuda con una linda sonrisa en las caras de las personas que ayer tenían casa propia y hoy se sienten felices por vivir en una mediagua.

Pánico v/s Tranquilidad

Pánico v/s Tranquilidad

Pueden suceder en cualquier lugar, ya sea en la casa, el auto, durmiendo o en la ducha. Un desastre natural no avisa y por su carácter ‘‘desastroso’’ la gente reacciona de diferentes maneras, la mayoría con susto y temor pero existen también quienes, en el peor de los casos, sufren crisis de pánico. Un mal que puede tener consecuencias fatales.

Por Javier Alfaro S.

Son las 12.30 del 14 de noviembre. La gente transita como cualquier día por el centro, los colegios y universidades terminan la jornada matutina y los choféres, tanto de micros como de colectivos, manejan en completa tranquilidad.

Claudia (21) se encuentra en clases de Literatura Inglesa junto a sus compañeras. Una de ellas, la Cony, le comenta lo extraño del clima ‘‘Esta nublao’, como pa’ que tiemble’’ (sic), y una fuerte negativa se forma en el rostro de Claudia.

En otra parte de la ciudad. Karla (21), también estudiante, escucha música y no presta atención a su clase de Derecho Internacional.

Son las 12.39 y estas dos mujeres jamás habrían pensado que en menos de un minuto vivirían la misma experiencia, un terremoto. Aunque cada una de diferente forma.

Karla es la primera de su curso en sentir el sismo, se sube a su silla y un nervio inmenso empieza a recorrer su cuerpo, en eso, grita desesperada: ‘‘¡terremoto!’’. Para los amigos era un show más de su querida y exagerada compañera, pero no fue así, en pocos segundos ventanas y puertas sonaban de manera caótica, mientras desde las afueras de la sala sólo se escuchaban gritos y la caída de un centenar de objetos.

Claudia, entre risa y pavor, mira fijamente a su amiga Cony, entonces se empieza a levantar de su asiento recogiendo todas sus pertenencias, no lo piensa dos veces y se retira de la clase. ‘‘No corrí pero apenas empezó (el temblor) caminé para estar fuera de la sala’’.

Los amigos de Karla la abrazan y le piden tranquilidad, en su cara recorren lágrimas de desesperación. ‘‘Sufro crisis de pánico, por lo que no recuerdo nada hasta que terminó el terremoto y uno de mis amigos me pedía que no siguiera corriendo’’, confiesa Karla.

Al encontrarse fuera del aula y con el suelo aún en movimiento Claudia comienza a pensar en su familia y en lo histérica que es su mamá. Sus manos nerviosas y con ese pulso intranquilo tocan sus ojos, se encontraba en llanto pero no lo había percibido. ‘‘Creo que jamás había sentido una angustia así, estaba muy preocupada’’, confiesa mucho más tranquila. Despues de llorar se relajó y volvió a la normalidad.

Claudia es el caso más normal de cómo reacciona una persona al enfrentarse a un terremoto. El pánico versus tranquilidad está en constante lucha pero de alguna u otra manera termina ganando la tranquilidad, ya que tiene control sobre sí misma.

Para Karla, que pierde el control sobre sí misma, su crisis de pánico no es la primera vez que le trae problemas, recuerda que para el terremoto de Iquique, estando en el noveno piso de su departamento en Antofagasta, apenas sentido el temblor su corazón empezó a latir más rápido y con la desesperación corrió hacía el balcón colocándose al borde de éste. ‘‘Recupere la conciencia cuando mi vecina gritaba que no hiciera nada, que estuviese tranquila’’, comenta avergonzada el hecho.

Aunque no existen cifras oficiales se estima que el 10% de los chilenos sufre crisis de pánico. Para el psicólogo Carlos Uribe este trastorno de ansiedad se diagnostica cada vez más seguido. La proporción existente es un hombre cada cuatro mujeres y son éstas quienes presentan los síntomas más claros. ‘‘Con un terremoto tan devastador como el pasado, se crea una leve psicosis colectiva y hace que el miedo junto con la sugestión aumenten’’, concluye Uribe.

Si bien un terremoto es una experiencia extrema, cada persona debe aprender a reaccionar en caso de uno próximo. A Claudia el terremoto le ayudo a perderle el miedo, ahora con las réplicas dice no inmutarse. Mientras Karla sigue su vida normal, desea que esto no suceda en el lugar menos esperado, ‘‘Si el terremoto me hubiese pillao’ en el depa’ yo cacho que me tiro’’ (sic), dice mirando nerviosa su balcón.