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martes, 13 de noviembre de 2007

Siempre es difícil llevarles una flor

La administración del cementerio general de Antofagasta está molesta por la morosidad en el pago de los nichos

Siempre es difícil llevarles una flor

Los familiares se sienten agobiados cuando deben visitar a sus deudos y se encuentran con la terrible sorpresa de que han sido arrojados a las fosas comunes

Por Jimena Herrera M

El 1 de noviembre no es una fecha más para Luisa Cordero (45), quien perdió a su madre mientras ella se encontraba viviendo en Bolivia. No alcanzó a llegar a los funerales porque en ese momento hubo una huelga que cerró los caminos y le impidió el paso. Luego de 25 años regresó a Antofagasta y se encontró con una triste sorpresa, su madre no estaba en ningún sitio del cementerio, ni tampoco en una fosa, sino que su cuerpo ya había sido cremado hace 3 tres años. Hoy siente el peso y el cargo de conciencia por abandonar a su suerte a quien le dio la vida.
La historia de Luisa es una más entre todas las que se pueden rescatar el día que conmemora a todos los difuntos, siendo una fecha significativa para la comunidad, porque trae a la memoria colectiva los recuerdos de sus familiares que ya no son parte de este mundo y que esperan una flor cada año.

Sin embargo, ya no es suficiente llevar solo una flor, sino también pagar cada 5 años el lugar donde habita quien tanto queremos, el nicho. Las cuentas pendientes en el sistema de arriendo se hacen un gran problema para los administradores del Cementerio General de Antofagasta, quienes deben dar la orden de exhumar los cuerpos y dejarlos en una fosa común, porque sus familiares no han cancelado a tiempo. Esta práctica deja perplejas a las personas que visitan los restos de sus seres queridos al encontrar en la entrada del cementerio una lista que lleva el nombre de quien tanto apreciaban y amaban en vida. Cuesta imaginar la magnitud del sentimiento que provoca en la gente pensar que sus familiares serán llevados a una fosa, porque por sus mentes transitan los pensamientos más dolorosos, el solo hecho de sentir que ya no tendrán un lugar digno para descansar en paz y sobre todo porque no habrá un lugar donde visitarlos, quizás tan solo de manera simbólica podrán recordarlos.

Alejandro Gaitan, encargado de las sepultaciones, exhumaciones, limpieza de tumbas y traslado de cuerpos a las fosas, asegura que es un trabajo psicológico, con una carga emocional bastante fuerte. Sobre todo cuando debe hacerse cargo de cadáveres de infantes cuyos familiares no han cancelado sus deudas y tiene la obligación de sacarlos de sus tumbas. “Lo que más me ha impactado es tener que exhumar el cuerpo de una guagüita, son tan indefensas, eso parte el alma y uno pierde el control”, manifiesta con tristeza.

Sin embargo, el panorama no es tan negro, el mausoleo de la comunidad helénica de Antofagasta se encuentra en perfecto estado, con todos los pagos al día y al cuidado de muchas personas que intentan mantenerlo limpio. Demóstenes Karapas Sierra, miembro de la colectividad griega, explica que, existe un respeto inmenso por sus compatriotas, independiente que sean familiares directos o no. “Si alguien no ha pagado sus cuentas, más de uno se encargara de hacerlo”, afirma.

Además de los problemas administrativos y de mantenimiento en el cementerio, la emotividad también está presente este día. El caso de Pedro Cisternas es el que mejor refleja esta sensación de tristeza. Él carga con un gran dolor en su alma, tras haber perdido a su pequeño hijo de 5 años, quien murió de leucemia. Al contar el relato sus ojos se inundan de lágrimas y forman un charco bajo sus pies. “Es algo que nunca se supera y siempre es difícil traerle una flor”, expresa entre sollozos desgarradores.

El cementerio guarda entre sus tumbas el polvo olvidado, el silencio roto y estéril. La muerte tiene un aroma singular, es una fiesta de colores que inundan el cielo, los Ángeles que vigilan cada nicho, cada mausoleo, antiguo y salpicado por los años, carcomidos por las horas y el viento del desierto, erguidos en la soledad, expectantes a la corrosiva y misteriosa muerte.
Los deudos olvidados en las horas, en las campanas de la risa, en la quietud de un parque, en el aroma a flores. La sequedad de las voces hablan a través de las piedras como si fuesen violines rotos, mientras tanto las luces de colores, colores santos giran en el espacio. Los visitantes llevan en sus ojos la tristeza de la despedida, del vivir sin ellos y acostumbrarse a sentirlos en una flor y en una lágrima que brota tímidamente y cae sobre sus lapidas o sobre una fotografía gastada.